El cuarto de jugar

Comienza a guardar todos los juguetes tal y como le enseñó su madre, cada cosa en su sitio, en su caja, para que no se estropee. Es terrible cómo la echa de menos, ella solía acompañarle muchas veces y participaba en sus fantasías; era maravillosa, cuántos ratos inolvidables pasaron juntos en aquella habitación donde es tan feliz.

   No puede evitarlo, apenas consigue evitar el llanto mientras guarda dentro del armario el Fort Comanche con sus guerreros indios y soldados azules de la Unión; después recoge los tubos de ensayo y las sustancias del juego de química y lo deja todo al lado del fuerte. También los tres libros de cuentos de su colección y algunos tebeos que estaban por el suelo. Cierra y repasa con la mirada el cuarto de juegos, todo en orden. Mira su reloj y se echa las manos a la cabeza. Es casi la una de la madrugada, tiene que irse a dormir, que mañana es el gran día.

   A las once, en la reunión extraordinaria del Consejo de Administración, será nombrado presidente de uno de los mayores grupos empresariales del país. Por eso, para tener los pies en la tierra, necesita que sus rutinas no varíen. Como cada martes, jueves y sábado, ha dedicado un par de horas a jugar con sus juguetes preferidos, porque, sea presidente o no, lo que no está dispuesto es a abandonar a su suerte a ese niño de nueve años que todavía lleva dentro.

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