La luz apagada

La luz sigue apagada,
ni el mínimo pábilo asoma,
la mente está oscura
y el papel inmaculado.

Intento escrutar en las tinieblas,
extraer algo del vacío,
del desierto existencial,
de la cruel nada.

Elijo palabras, busco conceptos,
miro por los rincones,
rebaño las ideas
gastadas y secas.
Pero el erial no florece,
no es la primera vez,
todo llegará.

La lluvia regará el yermo
y se llenará de oasis milagrosos
y de manantiales de agua limpia
y abundante,
de versos ágiles y bellos
que conviertan el secarral
en vega generosa.

Parecerá un milagro,
un nuevo amanecer limpio de nubes
cuando llegue el alba
que se resiste.

Por fin,
de tanto desearlo sucede,
el embrujo toma forma,
las palabras adquieren sentido,
algo se plasma en mi mente.

Mi mano trémula agarra el lápiz
despuntado,
pero todo se escapa, va muy deprisa,
me desespero al comprobar
que el ansiado amanecer
asoma cuajado de nubarrones.

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