Una de juicios

 El fiscal entra en la sala precipitadamente, se le ha ido el santo al cielo y llega tarde a la vista. Respira hondo para recuperar el aliento, se ajusta la toga y dirige su fría mirada contra el acusado. En la sala no se oye ni el vuelo de una mosca.

   —Con la venia, señoría. Teniendo en cuenta el “status quo” establecido, no es menos cierto que el acusado, blandiendo un enorme cuchillo de cocina, “corpus delictis”, y abusando del “iuris sanguinis!, con premeditación, alevosía y nocturnidad, infirió en la víctima, a la sazón primo hermano suyo y amante de su esposa, veintisiete heridas inciso contusas, media docena de ellas mortales de necesidad, las cuales provocaron el óbito inmediato. Y también, no es menos cierto que habiendo sido sorprendido “in flagrante delicto” por su adúltera esposa, y pese a la ausencia de “animus confidenti”, queda sobradamente probada la culpabilidad del reo. Por lo tanto, “ad solemnitatum”, este ministerio público solicita para el acusado la pena de treinta años y un día de reclusión mayor.

   El juez, muy serio, con la vista por encima de sus gafas de cerca ancladas en la punta de su nariz, se rasca la calva con gesto de aburrimiento, y dice.

   —Sr. fiscal, reconozco que su alegato ha sido brillante, el problema es que se ha equivocado usted de sala; la del asesinato es la de al lado. Aquí y ahora, en este tribunal, simplemente, estamos juzgando una demanda interpuesta contra una empresa farmacéutica a causa de las irritaciones provocadas por una pomada para las hemorroides en salva sea la parte de este caballero, escaldado y casi sin poder andar, para el que usted, encima, acaba de solicitar nada menos que treinta años y un día.

   El fiscal abre los ojos como platos, el planchazo ha sido de los que hacen época; murmura una disculpa, recoge sus bártulos y se larga de la sala como alma que lleva el diablo.

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