Una lucha desigual

Llevaba horas peleando a brazo partido con su ordenador. Era una batalla incruenta, pero no por ello menos dramática. La angustia se reflejaba en su demacrado rostro; unas violáceas ojeras colgaban de sus párpados. Los programas parecían haber tomado vida propia y campaban a sus anchas por la pantalla. Los virus se disputaban la supremacía comprobando cual de ellos destrozaba más información. El caos era total.

Enloquecido por la impotencia que le ocasionaba ver que estaba perdiendo el combate contra la tecnología, el hombre agarró con ambas manos la pantalla y comenzó a insultarla como si de un adversario de carne y hueso se hubiese tratado. Con su dedo índice amenazaba al frío aparato con arrancarle su imaginaria cabeza; se había convertido en un vulgar pandillero.

Súbitamente, unas cibernéticas manos surgieron de los dos lados de la pantalla y, en una décima de segundo, lo engulleron a través de ella. La silla giratoria quedó dando vueltas y el silencio solo se vio interrumpido al cabo de un rato por algo muy parecido a un eructo…

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